Zadkiel fue un Namaru de la Faz de los Celestiales, uno de los más grandes dentro de la Primera Casa, encargado de comandar a los Elohim en la gran obra del Creador. Era quien impartía las órdenes para que la Creación fuera exactamente como su Padre la había imaginado. Siempre se mantuvo fiel a su Padre, a quien amaba por encima de todo en el universo. Sin embargo, cuando comenzó la Rebelión, sus dudas crecieron, alimentadas por la violencia y el caos que se desataban a su alrededor.

Al principio, Zadkiel permaneció leal al Creador, pero al presenciar los horrores de la guerra —el enfrentamiento fratricida entre los Cielos y los Caídos— cayó en un estado de pánico existencial. Ya no sabía si su Padre actuaba correctamente. En una de las muchas batallas, se encontró cara a cara con el Lucero del Alba. Pero, en lugar de un duelo, Lucifer buscó el diálogo: le habló, le mostró su visión y le ofreció respuestas. Desgarrado por la duda, Zadkiel decidió abandonar las huestes celestiales y unirse a la Legión Escarlata.

Desde entonces, intentó seguir el camino del Lucero, creyendo que el debate era mejor que la guerra. Sin embargo, pocas veces logró abrir ese espacio de conversación.

Una vez perdida la guerra, cayó al Abismo junto a los demás Caídos. Allí, sumido en un tormento eterno, comenzó a arrepentirse. Sentía que merecía aquel castigo por haberse rebelado contra su amado Padre. Sin embargo, en un breve instante de quiebre en la prisión infernal, logró escapar. Su alma encontró refugio en el cuerpo de un jesuita recién fallecido, que realizaba misiones en el Nuevo Mundo.

Fue invocado no por clérigos ni cultistas organizados, sino por un grupo de peones desesperados en un latifundio del sur de Chile. Afectados por el proceso de redistribución de tierras, los trabajadores habían caído bajo el yugo de un patrón que, cegado por la rabia y el delirio mesiánico, comenzó a torturar y ejecutar brutalmente a quienes consideraba traidores o responsables de su ruina. La situación se volvió insostenible: violencia, hambre y una desesperanza que empapaba la tierra misma.

En ese contexto, un grupo de trabajadores mapuche —herederos de tradiciones antiguas transmitidas oralmente— decidió recurrir a un recurso prohibido. En los márgenes del catolicismo impuesto y la espiritualidad indígena reprimida, conservaron fragmentos de antiguos rituales. Combinando elementos de ambas cosmovisiones, ejecutaron una ceremonia sin precedentes: una invocación oscura que buscaba asistencia sobrenatural para liberarse del dominio del patrón.

Pero los nombres que pronunciaron no pertenecían a santos ni a espíritus benévolos. Lo que despertaron fue mucho más antiguo y peligroso: Elthariel La Desesperación Encarnada y Zadkiel, el Profeta Caído.

Sin el conocimiento adecuado para controlar tales entidades, los peones desataron una tragedia. Lo que debía ser su salvación se convirtió en su castigo. La Desesperación Encarnada poseyó un cráneo humano usado como relicario improvisado, convirtiéndolo en su ancla para manifestarse en el mundo físico. Zadkiel, por su parte, tomó el cuerpo de un joven jesuita, capturado y sacrificado por los propios campesinos como parte del ritual. El alma del sacerdote, en busca de sentido y redención, fue absorbida por la esencia de Zadkiel, quien interpretó todo aquello como un nuevo designio del Padre: una señal para actuar.

Al abrir los ojos en aquel cuerpo profanado, Zadkiel no vio horror, sino propósito. Consideró que su Padre le había entregado una misión: salvar a los suyos y a la humanidad desde las entrañas del caos. Su primer acto, sin embargo, fue escapar, pues aún estaba confundido tras haber abandonado el Abismo y haber entrado en un cuerpo humano tan noble.

Desde entonces, Zadkiel ha operado en las sombras del sur de Chile, reuniendo fieles entre exorcistas, sacerdotes marginados y fanáticos que creen en su misión. Para él, la guerra santa no ha terminado: el Abismo aún escupe horrores sobre la tierra, y muchos de sus hermanos siguen extraviados o esclavizados por sus pasiones.

Su obsesión es clara: redimir a los Caídos, destruir a los Encadenados y limpiar la Tierra para el regreso de su Padre.

Su gran antagonista es Elthariel, La Desesperación Encarnada, que desde aquel ritual sigue creciendo en poder, usando el sufrimiento como combustible para sus planes. Ambos fueron invocados en el mismo instante y se consideran el verdadero propósito del ritual. Pero mientras uno predica redención, el otro solo ve en la miseria humana la verdad absoluta, el camino a la nueva vida mediante el sufrimiento para alcanzar una nueva iteración universal.

Durante años, Zadkiel vagó por el mundo humano, desorientado por los siglos de ausencia. No reconocía la tierra que ahora pisaba. El mundo había cambiado, y el Reino de Dios —aquel que alguna vez supervisó desde lo alto— parecía haberse desvanecido sin dejar rastro. Al principio creyó que esto era parte del castigo: que el Creador y sus huestes habían retirado su presencia como escarmiento por la rebelión.

Pero mientras se adaptaba al cuerpo del joven jesuita, comenzó a sumergirse en la vida cotidiana de la Iglesia a la que este había pertenecido. Estudió la teología moderna, los textos, los silencios del Vaticano, las contradicciones de la doctrina, y todo ello comenzó a sembrar dudas en su mente. ¿Había realmente un plan? ¿O el Cielo había abandonado la Creación por completo?

Confundido, Zadkiel tomó una decisión radical: vivir como humano por un tiempo, no como Caído ni como profeta, sino como uno más. Se instaló en pequeñas comunidades, convivió con campesinos, dialogó con sacerdotes, enseñó a niños y consoló a moribundos. Durante ese tiempo, empezó a comprender la mortalidad, la fragilidad del cuerpo y del alma humana, y por primera vez desde su Caída, sintió una verdadera empatía por los hijos de Adán. La memoria y los afectos del joven jesuita que lo albergaba comenzaron a filtrarse en su conciencia, ablandando su corazón. Se convirtió en un guía, un servidor silencioso, un protector. Por un tiempo, Zadkiel creyó que ese era su nuevo propósito: servir, no gobernar.

Pero todo cambió en 1973.

El golpe de Estado en Chile, la masacre, las detenciones, las torturas, los cuerpos arrojados al mar… Todo aquello lo golpeó con una violencia inesperada. Zadkiel, que había empezado a ver belleza en el alma humana, volvió a contemplar con horror el odio, la envidia y la ambición desatada. Por momentos pensó que tal vez Lucifer tenía razón: que la humanidad necesitaba guía, una mano firme que impusiera el bien por la fuerza. Comenzó a debatirse internamente: ¿merecían los humanos el libre albedrío? ¿No era acaso necesario intervenir con dureza para salvarlos de sí mismos?

Fue entonces cuando conoció al cardenal Raúl Silva Henríquez, figura clave de la resistencia eclesiástica frente a la dictadura. Al ver la fe, la compasión y la valentía del cardenal —un humano que encarnaba los valores que Zadkiel creía extintos— recuperó la esperanza. Se unió a él en secreto, trabajando en la Vicaría de la Solidaridad, rescatando detenidos, ocultando perseguidos, falsificando documentos y usando lo que quedaba de su poder celestial para proteger, sanar y guiar.

Aquellos actos de servicio puro —el rol que siempre fue el de los ángeles: servir, no gobernar— comenzaron a tener un efecto inesperado. La culpa y el tormento que lo habían perseguido desde el Abismo empezaron a disminuir. Por primera vez en milenios, Zadkiel sentía paz. Y, sin darse cuenta, comenzó a alimentarse de la fe y gratitud de las personas a las que ayudaba. No como un dios ni como un falso profeta, sino como un verdadero mensajero de la esperanza.

Cuanto más servía, más disminuía su tormento. Cuanto más lo amaban, más se fortalecía. Y llegó a creer que se había redimido. Que había vuelto a ser un ángel.

Fue durante esos años oscuros de dictadura que Zadkiel alcanzó su mayor claridad espiritual desde la Caída. Pero, como todo Caído sabe, la redención no es un estado, sino una prueba constante… y el mundo está lleno de tentaciones que pueden hacerte creer que eres luz cuando aún eres sombra.

Con la vuelta de la democracia en Chile, Zadkiel esperó con esperanza el surgimiento de una humanidad renovada. Había entregado décadas de servicio silencioso, actuando desde las sombras, ayudando a los perseguidos, acompañando a los débiles y protegiendo a los justos. Creía que aquel acto colectivo de liberación marcaría un punto de inflexión para el alma humana.

Pero lo que encontró fue decepcionante. Los responsables de los crímenes no fueron castigados. Las instituciones callaron. Las víctimas fueron silenciadas o ignoradas. El olvido se impuso como política de Estado. La humanidad, pensó, era incapaz de asumir el peso de sus errores. No bastaba con darles libertad: necesitaban redención. Y no podrían alcanzarla solos.

Fue entonces cuando, en su mente atormentada por la contradicción, surgió la revelación:
“¿Quién, sino yo, puede redimir al mundo?”

Zadkiel comenzó a concebir un plan mesiánico. Si él —un Caído, un exiliado del Cielo, un traidor arrepentido— había logrado acercarse de nuevo a la luz, entonces era prueba viva de que la redención era posible. No solo para él, sino para todos. Pero esa redención no vendría mediante la pasividad ni la espera: debía ser impuesta. No más súplicas. No más ruegos. El mundo necesitaba ser emancipado del pecado y del olvido por un ángel redimido.

Así, Zadkiel comenzó a actuar.

Selló pactos con humanos influyentes: jueces, empresarios, políticos, intelectuales. Todos ellos tocados, de una u otra manera, por la sed de justicia, la culpa o el deseo de trascendencia. Algunos lo vieron como un guía espiritual, otros como un profeta, y los más pragmáticos como una herramienta para sus fines. A través de ellos, Zadkiel consolidó una red de seguidores, cosechando fe, devoción y poder. En su visión, era el paladín del mundo por redimir, el fundador de los 144.000 elegidos, aquellos que conformarían el nuevo Reino.

Pero no todos compartían su visión.

Durante ese tiempo, volvió a cruzarse con su hermano: la Desesperación Encarnada. El encuentro fue brutal. Zadkiel vio en él la caricatura de lo que había jurado combatir: un demonio sin esperanza, que se alimentaba del sufrimiento, que había olvidado toda noción de amor o propósito divino. Lo observó corromper humanos, destruir comunidades enteras con su doctrina del dolor como camino al orden. Y no era el único: el Culto de la Sierpe, una secta de origen ignoto pero profundamente demoníaco, también actuaba en la región, disolviendo toda moral en aras del poder personal.

Fue en ese momento cuando Zadkiel dejó de culpar únicamente a la humanidad. Reconoció que muchos de sus hermanos —los Caídos— habían perdido la cordura, convertidos en parásitos de la creación. El mal no residía solo en los humanos, sino en los mismos Hijos del Alba.

Cuando el Abismo se resquebrajó y las grietas del mundo permitieron el regreso de otros Caídos, Zadkiel vio una oportunidad: reclutó a aquellos que, como él, anhelaban redención o al menos un propósito más allá del caos. Pero pronto entendió que muchos seguían fieles a Lucifer, al caos o al resentimiento eterno, mientras otros solo querían destruir o dominar. Fue allí donde se consolidó su nuevo dogma:
“Aquel que no desee la redención, no merece existir.”

Así nació su cruzada final:
la Guerra Santa de Zadkiel.

Un ejército compuesto por Caídos arrepentidos, humanos devotos, exorcistas, místicos, monjes guerreros y soldados de la fe comenzó a formarse en la penumbra. Su misión era clara:

Redimir a los salvables.
Destruir a los encadenados.
Purgar a los Caídos entregados al Abismo.
Limpiar el mundo con el fuego del cielo.

Para Zadkiel, el tiempo de la compasión había terminado. El ángel redimido era ahora el ejecutor del perdón divino.
Y no descansaría hasta que el mundo estuviera listo para recibir a su Padre una vez más.

Así, Zadkiel volvió a ser un ángel, ganando una segunda oportunidad dada por su Padre: un gesto de misericordia para redimirse. Durante años, guió a los humanos por el camino que consideraba correcto, mientras recolectaba reliquias de la antigua guerra. Con el tiempo, fue construyendo las armas necesarias para cumplir su misión final: demostrar su redención ante su Padre. Su objetivo era claro: purificar a la mayor cantidad de hermanos posibles, eliminar a los seguidores de la causa rebelde del Lucero y erradicar a aquellos que se habían encadenado voluntariamente al tormento.

Zadkiel llegó a ver todo esto como parte del plan divino. Interpretó su propia Caída como una voluntad superior: un rebelde convertido en guía, destinado a mostrar el camino a los demás desde la experiencia de la condena. Se vio a sí mismo como un profeta, un ángel cuya Caída no fue un error, sino una misión.

Actualmente reside en Chile, donde, junto a sus seguidores —exorcistas y fieles humanos—, busca liberar a sus hermanos del Abismo para comenzar una guerra santa. Su objetivo: restaurar el orden divino y destruir a los Encadenados de la región.