Durante la Guerra del Pacífico, el feudo Faro de la Capitanía permanece bajo la protección de las tropas de Osvaldo Pérez, quien resguarda el enclave hasta el fin del conflicto. La estructura, símbolo de vigilancia y poder feérico en el puerto, pasa oficialmente a manos chilenas en diciembre de 1879.
Este traspaso marca el inicio de una nueva etapa: el norte se convierte en territorio disputado no solo por los hombres, sino también por las Casas nobles del Ensueño, que comienzan a redefinir sus dominios bajo la sombra de la guerra.