Malachías nació en el 6 de Junio de 1956 al sur de Italia, en una familia que no conocía la pobreza solo como carencia material, sino como degradación espiritual. Sus padres pertenecían a una secta clandestina que mezclaba restos deformados del catolicismo con prácticas de invocación heredadas y mal comprendidas. No eran caricaturas grotescas: eran creyentes fervorosos de que el mundo estaba corrupto y que solo una fuerza oscura podía purificarlo.

Desde niño supo que era distinto.

Mientras los adultos hablaban de revelaciones nocturnas y del “Señor que aguarda tras el velo”, él sentía algo opuesto. No una voz audible que le dictara órdenes, sino una convicción íntima, una certeza silenciosa que se activaba cada vez que presenciaba los rituales. Cuando lo obligaban a sostener velas negras o a memorizar letanías invertidas, algo dentro de él se negaba.

Tenía seis años cuando encontró una Biblia vieja abandonada en un cobertizo cercano a su casa. Estaba húmeda, con páginas rotas y sin cubierta. Para su familia era un símbolo traicionado; para él fue descubrimiento.

Comenzó a leerla a escondidas.

No entendía teología ni historia sagrada. Pero comprendía la idea central: había un Dios que no exigía sangre ritual para manifestarse. Un Dios que no necesitaba sacrificios humanos para probar su existencia.

Desde entonces, cada ceremonia familiar fue para él un acto de resistencia interior. Mientras los demás invocaban, él rezaba en silencio. Padrenuestros susurrados entre dientes. Ave Marías murmuradas mientras fingía participar.

Nunca confrontó a su familia. No tenía edad ni poder para hacerlo. Su resistencia era invisible.

La secta planificó un ritual mayor cuando él tenía ocho años. Creían que la entrega total (incluida la propia vida) abriría definitivamente la puerta a aquello que veneraban. No se trataba de caos improvisado, sino de una liturgia estructurada, meticulosa y solemne.

El niño estaba en el centro del círculo.

No como sacerdote.

Como parte de la ofrenda.

Cuando el ritual alcanzó su clímax, algo ocurrió. Los registros posteriores hablarían de distorsiones ambientales y muertes súbitas entre los adultos presentes. La intervención de la Sociedad de Leopoldo se produjo tras alertas de fenómenos anómalos en la zona.

Encontraron una escena devastada.

Todos los miembros de la secta muertos.

Símbolos incompletos.

Velas consumidas hasta la base.

Y en el centro, un niño vivo, consciente, rezando.

Malachías nunca afirmó haber visto luz ni ángeles. Nunca habló de visiones celestiales. Su relato fue sencillo y siempre idéntico:

“Recé. Y no cedí.”

Para él, no hubo misterio. Sobrevivió porque eligió a Dios cuando otros eligieron al adversario.

La Sociedad de Leopoldo no lo trató como milagro. Lo evaluó. Lo interrogó. Lo observó durante años. No encontraron posesión, ni contaminación espiritual, ni marcas ocultas. Encontraron fe. Una fe estructurada, precoz y sorprendentemente firme para alguien que había crecido en medio de blasfemias ritualizadas.

Lo reclutaron.

Su formación fue rigurosa. Latín, teología dogmática, demonología histórica, análisis de herejías, estudio de casos reales de posesión y falsos positivos. Accedió en su juventud a archivos restringidos del Vaticano, donde aprendió a distinguir superstición de amenaza auténtica.

Allí desarrolló una convicción que nunca abandonaría: El mal no siempre se manifiesta de forma directa. A veces opera a través de estructuras, pactos y corrupciones progresivas. Vampiros, brujas, entidades espirituales (para él) no eran especies autónomas, sino consecuencias de un mismo origen: La rebelión primordial contra el Creador.

No lo formulaba con rabia. Lo hacía con certeza académica.

Con los años, su conocimiento en demonología se volvió excepcional. No solo citaba tratados medievales; comprendía jerarquías infernales, patrones de manifestación y errores rituales que podían costar vidas. Sus exorcismos eran metódicos, precisos y contenidos. No gritaba. No teatralizaba. Corregía entonaciones en latín incluso bajo presión. Preparaba espacios, limitaba variables, cerraba salidas simbólicas.

Su fe no depende de emociones intensas ni de experiencias místicas continuas. Es una decisión renovada cada día desde la infancia. No duda porque ya dudó siendo niño y eligió. Esa elección se convirtió en estructura permanente.

En la actualidad su cuerpo muestra desgaste. Sus manos tiemblan cuando no está en trabajo. Pero cuando enfrenta una manifestación, la firmeza regresa. No discute con demonios. No negocia. No entra en debates teológicos durante un exorcismo.

Declara.

Ordena.

Expulsa.

No está abierto a reinterpretaciones modernas ni a relativismos espirituales. No le interesan teorías que diluyan la naturaleza del mal en metáforas psicológicas o construcciones culturales. Ha visto demasiado y sobrevivido a lo suficiente como para considerar esas posturas una forma sofisticada de cobardía.

No cuestiona si la voz que sintió de niño fue divina o producto de su mente. La pregunta no le interesa. Para él, el fruto es la prueba: resistió, sobrevivió y dedicó su vida a erradicar aquello que casi lo consume.

Si alguien insinuara que su fe podría estar mal orientada, no se enfadaría.

Simplemente lo consideraría equivocado.

Malachías no busca redención personal ni validación institucional. Su misión no es una carga; es continuidad lógica de una elección infantil que jamás ha revocado.

El niño que rezaba en el centro del círculo sigue allí.

Solo que ahora sostiene el círculo él mismo.

LLEGADA A CHILE

Después de los eventos de la luna roja, Malachias fue uno de los enviados del vaticano a Chile para apoyar e investigar el origen de estos acontecimientos que golpearon al país. Como experto en demonología, tiene la misión de identificar si los espiritus más retorcidos y malevolos posible, aquellos que negaron al creador, son los responsables de todo esto.

Dentro de los motivos de su asignación, fue el pasado que comparte con el padre Exzequiel Moretti y el padre Padre Salocin Araj.

En agosto del 2021, el padre Malachias enfrentó el mal en una de sus misiones por el país, lo que él afirma son los verdaderos demonios, los hijos rebeldes de Dios y los camaradas de Satanas, un signo del apocalipsis. Sobrevivió a esa batalla, y encontró un extraño collar con una piedra obsidiana colgando del mismo, sintió su esencia pútrida, por lo que decidió llevarselo para estudiarlo.