“A los sin clan, a los sin nombre, a los sin refugio: esta noche es suya. Y la próxima también”
Vida Mortal
Dominga Carreño Ortega nació en 1995 en la comuna de Cerro Navia. Hija de una trabajadora de limpieza industrial y un guardia de seguridad, vivió su niñez entre cortes de luz, ollas comunes y tardes enteras encerrada en su pieza dibujando mundos alternativos. A los 13 años salió del clóset como persona no binaria —un gesto que la volvió objetivo de burlas, castigos familiares y finalmente de expulsión simbólica de su propio hogar.
Pasó sus años formativos en casas okupas, ferias artesanales y galpones culturales del borde poniente. Aprendió canto, pintura mural, teatro callejero, maquillaje drag y performance. Sobrevivió cantando en micros y armando intervenciones artísticas en protestas. Se rebautizó como Isaura, en homenaje a la protagonista de una teleserie brasileña que veía con su abuela, y tomó el apellido “Beltrán” tiempo después, como símbolo de una segunda vida.
Abrazo y Formación
En algún momento de 2018, Isaura fue abrazada. No recuerda el rostro ni el momento exacto, solo fragmentos: una fiesta performática en una bodega industrial de Pudahuel, luces estroboscópicas, risas, sangre, gritos. Despertó sola en un callejón, confundida, sedienta, con los ojos quemándole y una voz aguda zumbándole en la cabeza. Pasó semanas sin entender qué era, sintiéndose poseída.
Fue recogida por un hombre de porte regio, culto y elegante. León Beltrán. El Ventrue había huido de la Camarilla y se refugiaba en las sombras de la resistencia artística anarquista. La llevó a un departamento en Quinta Normal, que más tarde se convertiría en el refugio de Isaura. Allí, con una frialdad medida, le enseñó las reglas básicas de la no-vida: hambre, sol, máscaras, sectas. Nunca le dijo que él no era su sire. Isaura asumió que lo era.
Durante meses, León la moldeó. Le enseñó a leer las miradas, a usar su voz como herramienta de manipulación, a ocultarse en lo visible. Le entregó conocimientos de supervivencia, pero también exigencias de obediencia. Fue él quien le dio el nombre “Isaura Beltrán”, como si le regalara una nueva identidad, aunque Isaura jamás olvidó quién era antes.
Ruptura y unión al Movimiento por la Inclusión
Con el tiempo, Isaura empezó a sospechar. Su sangre no tenía la fuerza que esperaba. No podía dominar con la mente ni invocar disciplina alguna como se supone que hacían los Ventrue. Por su cuenta, descubrió que era Caitiff, un vampiro sin linaje reconocido, algo que León nunca le mencionó ni explicó.
Pero más que la verdad de su linaje, lo que detonó su ruptura fue el estado de León. Lo veía apagado, cabizbajo, incapaz de proyectar la misma seguridad y fuerza que al principio. Esa decadencia emocional dañó el ego de Isaura, que había depositado en él su necesidad de guía y propósito.
Fue en ese contexto que conoció a Emma Díaz, en un festival nocturno en Quinta Normal, donde Isaura montaba una obra en homenaje a las víctimas del Abrazo sin consentimiento. La artista le entregó un papel bordado con sangre seca que decía: “No elegí esta maldición. Pero elijo lo que hago con ella.” Emma la invitó al Movimiento sin condiciones.
Desde entonces, Isaura se convirtió en la voz más visible del ala artística y cultural del Movimiento. Dirige ceremonias de duelo, rituales de aceptación, y festivales como el “Carnaval del Olvido”, donde los Sangre Débil queman máscaras con nombres de sus opresores y bailan hasta el amanecer.
Sabe cómo hablarle a los marginados, a los que se sienten “menos vampiros”, a quienes no tienen clan, ni guía, ni legado. Reivindica el derecho de existir desde la vergüenza, el dolor, la rabia y la belleza.