Es una mujer delgada (de ahí “La Flaka” además de su bicicleta rutera), con el rostro marcado por el cansancio y una mirada eléctrica que nunca se queda quieta. Relativamente alta para el común de las mujeres en Santiago (1.77) Siempre lleva un chaleco de conductor multibolsillos, una gorra gastada y un auricular Bluetooth en la oreja (aunque no esté hablando con nadie). Huele a café cargado, cigarrillos baratos y combustible diésel. Tiene un tic nervioso en la pierna derecha, como si estuviera siempre pisando un acelerador invisible.