Luthara no siempre fue la figura corrupta y decadente que hoy se conoce como la Devoradora de la Carne. En su origen, fue una de las más grandes arquitectas de la carne humana, considerando los cuerpos mortales como templos que debían ser venerados y protegidos de toda maldad. Su devoción por la humanidad no conocía límites; amaba a los humanos con una pasión que trascendía cualquier lazo terrenal, incluso más que a su propio creador, lo que la llevó a seguir a Lucifer en la rebelión celestial, convencida de que la humanidad merecía ser liberada de las ataduras divinas.

Sin embargo, todo cambió el día en que Caín, en un acto de fratricidio, mató a su hermano Abel. Este acto rompió uno de los mandamientos más fundamentales, una ley sagrada que tanto los rebeldes como los ángeles celestiales habían jurado proteger. Este evento devastó profundamente a Luthara, quien vio en él la señal de que todo lo que había creído y defendido podía ser falseado por la humanidad misma. El acto de matar a su propio hermano representaba una falla en el diseño humano que ella había venerado. Fue entonces cuando comenzó a cuestionarse muchas de las prohibiciones que Dios había impuesto sobre la humanidad y sobre ella misma.

Al verse devastada por la destrucción de esa verdad fundamental, Luthara se distanció de sus antiguas creencias y dedicó su existencia inmortal a explorar los tabúes y los límites del placer humano. Su curiosidad la llevó a unirse a la Legión de Plata, liderada por Asmodeo, donde adoptó una nueva visión del cuerpo humano: ya no un templo divino, sino un instrumento de placer y satisfacción. Aquí, Luthara se entregó a los placeres carnales sin reservas, sumida en las orgías y las experiencias sensoriales extremas. Se convirtió en la gran sucubo de Asmodeo, una figura temida y venerada dentro de la legión por su capacidad para llevar a los humanos a un éxtasis absoluto, explorando los rincones más oscuros de la sensualidad y el deseo.

Sin embargo, su condena llegó cuando fue confinada al abismo, privada de los placeres que tanto había ansiado. La abstinencia infernal la sumió en la locura, despojada de la fuente de su satisfacción. Era un ser consumido por el deseo, pero incapaz de saciarlo, una paradoja viviente que se retorcía en su propia adicción.

Finalmente, un culto oscuro que adoraba a la Desesperación Encarnada la invocó desde su prisión abismal. Al ser liberada, Luthara se transformó en la primera de los generales al servicio de esta fuerza oscura. Su misión era difundir el dolor y el sufrimiento, pero de una manera que desafiara las creencias tradicionales sobre el placer. La Desesperación Encarnada le ofreció el poder absoluto de manipular la carne y el dolor, y Luthara aceptó, viéndolo como el camino hacia una nueva forma de éxtasis: uno que no se basaba en el placer físico, sino en la fusión de la desesperación y el goce.