Regente de la Capilla Tremere en la Logia Masónica de Viña del Mar

“La sangre es la chispa divina que arde en toda criatura. Robar ese fuego a Dios es nuestra única forma de traer una nueva era a este mundo.”

El Hombre de Familia

Abraham Abulafia nació en Zaragoza, entre pergaminos, velas encendidas y plegarias. Hijo de un rabino sefardí, desde su infancia aprendió que la vida podía dedicarse al amor familiar y a la devoción a Dios, dos fuegos que ardían en el corazón de su padre. Junto a sus hermanos mayores y su hermana, Abraham creció en un hogar donde el estudio de la mística, la teología y las letras sagradas se confundía con las risas de la niñez y la solemnidad del culto.

Sin embargo, ese niño curioso no se conformaba con repetir oraciones o recitar enseñanzas. Mientras su familia veía en la fe un refugio, él percibía contradicciones imposibles de ignorar: ¿Cómo podía un Dios omnipotente permitir la muerte injusta, la crueldad de las guerras, el sacrificio inútil de mártires? Cada página que leía, cada sermón que escuchaba, despertaba en él no devoción, sino preguntas que nadie quería responder.

Su padre, amoroso pero firme, intentó guiarlo de vuelta al camino recto. Cuando descubrió que Abraham se había sumergido en textos prohibidos y corrientes ocultistas, lo desheredó con dolor en el rostro y fe en la voz. Fue el precio de la curiosidad, el costo de querer comprender más allá de lo permitido.

Al morir el rabino, Abraham acudió al funeral. No buscaba reconciliación, sino mostrar respeto por un padre al que amó y respetó hasta el final. De aquella noche solo conservó un objeto, los lentes de su padre, el único legado de un amor roto por la verdad. Esa reliquia se convirtió en su amuleto personal, símbolo de un vínculo imposible de borrar y de la primera lección que aprendió: el conocimiento verdadero siempre exige un sacrificio.

Fue entonces cuando conoció a su sire, un Tremere, que incluso entre los suyos, era conocido por indagar en lugares especialmente oscuros para obtener conocimiento, quien reconoció en él una chispa demasiado intensa para extinguirse en la tumba. Le ofreció la eternidad como moneda de cambio, a condición de que consagrara su existencia a la pirámide. Abraham aceptó sin vacilar. Si la mortalidad limitaba su búsqueda, la inmortalidad sería el único camino para alcanzar la verdad que tanto anhelaba.

El Hereje de Sefarad

Abrazado y liberado del peso del tiempo, Abraham se hundió en el corazón de Europa. España, tierra de místicos, inquisidores y alquimistas, se convirtió en su laboratorio de sangre y silencio. Allí recorrió criptas olvidadas, monasterios desiertos y bibliotecas malditas, hurgando en lo que nadie más se atrevía a abrir.

En esos siglos perfeccionó la Taumaturgia, el arte Tremere que a él se le reveló como algo más que magia: la llave de la chispa divina. Donde otros veían fórmulas y disciplina, él veía un robo al Creador mismo, una forma de arrancar con las propias manos el fuego sagrado que ardía en la sangre de las criaturas vivas.

Cada ritual era una profanación calculada, cada hechizo, un experimento en su camino a la trascendencia. Fue ganando respeto en la pirámide, pero también desconfianza. Su obsesión no se dirigía al poder político ni al control de territorios, sino a algo mucho más peligroso, más abstracto.

Fue entonces cuando articuló su mayor convicción. La vida y la muerte no son opuestas, sino reflejos de un mismo misterio. La Taumaturgia gobierna la vida, la Nigromancia gobierna la muerte. Dominar ambas sería asentar los pies en los dos extremos de la existencia y, desde allí, alcanzar lo divino. Aunque aún no conocía los secretos del Clan de la Muerte, ya comprendía que el dominio total requeriría robar aquello que ellos celaban con tanto celo.

En sus años en España no lo convirtió en un profeta, sino en un hereje metódico, convencido de que la fe es un velo y de que la divinidad no se recibe, sino que se arrebata.

El Padre de Muchos 

El destino quiso que su camino se cruzara con el de un niño moribundo. Luciel, famélico y enfermo, abandonado en las calles a los siete años. Abraham, que había visto demasiados rostros apagarse en la miseria, percibió en sus ojos algo distinto, un fuego que ardía contra toda lógica, un hambre de vivir y aprender que le recordó a sí mismo.

Lo recogió y lo crió, primero como sirviente, luego como ghoul y, finalmente, como hijo adoptivo. Luciel se convirtió en su guardián, su ejecutor y la única persona ante la cual Abraham aún muestra un rastro de ternura. Esperando el día indicado para poder otorgarle el Abrazo y heredarle su apellido, completando el ciclo de la única relación de amor verdadero que ha conservado en siglos de búsqueda y sacrificio.

En paralelo, Abraham fundó Los Hijos del Sheol, un culto secreto que lo sigue no como profeta, sino como líder absoluto. Para ellos no es un iluminado ni un santo, es aquel que desafía el abandono de Dios y busca ocupar su trono. Los Hijos son espías, asesinos, guardianes y mártires voluntarios. Creen en él porque han visto lo que puede hacer, porque han probado su poder y porque saben que el conocimiento que Abraham promete no es metáfora, sino un destino real.

El Éxodo

Cuando la Arconte Victoria Braum lo convocó a Chile, lo hizo bajo un pretexto claro, investigar las sospechosas alianzas y rituales en torno al matrimonio entre la Príncipe Octavia Lubbina y Anaïs du Solei. Para Braum, Abraham era un experto en lo arcano. Para Abraham, Viña del Mar era el escenario perfecto.

Desde su llegada, se movió con la calma de un jugador de ajedrez. Escuchó, manipuló, robó información y extendió sus redes. Fue gracias al Primogénito August Kummer que entró de lleno en la pirámide local, ganándose un lugar de confianza entre los Tremere.

Kummer lo condujo además a un contacto con los Hecata. Abraham ocultó su ambición tras una máscara de humildad, aprendiendo lo suficiente para robarles la Nigromancia que tanto había codiciado. Con ello completó el binomio que siempre había buscado, vida y muerte, sangre y ausencia, Taumaturgia y Nigromancia unidas.

El precio fue alto, la furia de Vittorio Giovanni, que lo acusó de bastardo y corruptor, alguien que había mancillado los cimientos mismos de la Nigromancia. Abraham, sin embargo, vio en ese odio la confirmación de que había cruzado un umbral que nadie más había osado cruzar.

El Árbol Invertido

El clímax llegó en las cuevas de Concón, durante la Elegía Carmesí. Abraham erigió un círculo cabalístico profano que reproducía el Árbol de la Vida de la cábala, pero invertido: no como símbolo de ascenso hacia lo divino, sino como descenso hacia la oscuridad y el vacío.

El sacrificio de Catalina Salvatierra, la en ese entonces Regente, fue la semilla. La sangre derramada encendió las raíces del Árbol Invertido, y la noche misma se partio: La luna se tiñó de rojo, las sombras cubrieron la costa, y del capullo de vitae emergió Geneve Reighmann, restaurada en toda su majestad vampírica.

No fue solo un ritual. Fue la herejía suprema, unir vida y muerte en un mismo acto, robar lo que solo Dios debería dar y otorgarlo a quien había caído. Para los Hecata fue una ofensa que clama venganza. Para Geneve, fue la razón para confiar en él por encima de todos.

El Regente

Por ese acto, Geneve lo nombró Regente de la Capilla Tremere, con sede en la Logia Masónica de Viña del Mar. Desde allí, Abraham se ha convertido en la piedra angular de la pirámide local, protegido por la Príncipe y reverenciado por sus acólitos.

La Camarilla no sospecha de sus verdaderas intenciones. Para ellos, es un académico leal y una figura de orden. Los Hecata, en cambio, lo ven como un ladrón que amenaza con destruir la frontera entre sus artes.

Pero Abraham no es profeta ni servidor de ningún dios. Es un hereje que busca robar el trono del Creador mismo. Cada manipulación política, cada sacrificio personal y cada experimento prohibido son pasos en un camino que no terminará en una capilla ni en un principado, sino en un trono mucho más alto. Porque Abraham Abulafia no busca servir a la divinidad. Busca ser la divinidad que la humanidad merece.